La primera rebelión de los gays fue en la Florencia renacentista

Todos sabemos que la principal rebelión LGTB fue la de Stonewall en 1969, pero casi nadie sabe que la primera rebelión gay de la historia fue la de Florencia (Toscana) en 1512. Ya en 1400 Florencia era conocida en toda Europa por la amplia difusión de la homosexualidad, hasta el punto de que en Alemania para indicar un sodomita se utilizaba la palabra”florentino” (florenzer). La reputación de los ciudadanos de la Toscana estaba tan afectada, que la ciudad de Génova tenía una ley que impedía la contratación de profesores de esa región por temor a poner en peligro la sexualidad de los estudiantes.

La situación en Florencia, no tenía la aprobación de la iglesia católica que presionaba a las autoridades civiles para establecer una serie de medidas restrictivas.

La ciudad de Florencia se había destacado bajo el mandato de los Médici como uno de los centros culturales más ricos y vibrantes de Europa y la homosexualidad, más o menos encubierta, se practicaba ampliamente entre los círculos artísticos y de poder. Fue un fraile, Girolamo Savonarola, el que acabó con ese ideal, contribuyendo a expulsar a los Médici del poder y sembrando el terror en su lucha contra la sodomía.

En 1432, en la ciudad se creó una comisión, “el Oficio de la Noche”, para buscar e investigar las acusaciones de sodomía. Se colocaron cajas para que se pudieran hacer acusaciones anónimas. Florencia tenía en aquel entonces 40.000 habitantes, y el Oficio de la Noche duró 70 años. Durante ese tiempo quedaron implicados 17.000 hombres. Asumiendo que podía haber 20.000 varones en Florencia, y que 70 años significan tres generaciones completas, 17.000 es casi la mitad de los varones de Florencia durante ese tiempo. Los florentinos en general aceptaban la sodomía como una contravención o delito menor y no como crimen, y entendían que fuera castigada con una multa.

Durante ese período de tiempo, los florentinos dejan de acicalarse, de pintarse los labios, de maquillarse los ojos y hasta de bañarse considerándolo un acto de lujuria. Las víctimas más famosas de las persecuciones, fueron Leonardo da Vinci acusado de tener una relación con un chico, Jacopo Saltarelli, acusación de la que más tarde fue absuelto; y Miguel Angel que se marchó a trabajar a Roma.

San Bernardino de Siena, otro fraile cercano a las ideas de Savonarola, durante sus homilías invitaba a los fieles a quemar a los sodomitas y a echarlos fuera de la ciudad.

El 31 de agosto de 1512, un grupo de 30 jóvenes aristócratas que se hacían llamar “I Compagnacci” (Los amigos), irrumpió en el edificio del gobierno exigiendo derogar las normas contra la sodomía por parte del ayuntamiento y las sentencias contra los homosexuales que fueron forzados al exilio y a perder sus puestos de trabajo y sobre todo culpables de no ocultar su orientación sexual.

El 16 de septiembre el ejército español (que formaba parte de la Santa Liga) obligó a huir al Consejo Superior de la Ciudad de Florencia, permitiendo el retorno de la guía de los Médici, que inmediatamente aceptaron todas las demandas de los rebeldes.

Florencia resultó ser un caso especial en ese período histórico. Otras ciudades de tamaño similar no parecen que tuvieran tan alto porcentaje de homosexualidad. Hay algunas evidencias de que los hombres viajaban a Florencia precisamente a causa de su reputación, convirtiéndola en el San Francisco de la época del Renacimiento. Es cuestionable que fueran las creencias y la cultura de Florencia las que influían en los deseos sexuales de sus habitantes, más bien parece que la influencia era exactamente al revés. La insurrección de los “Compagnacci” se puede considerar, con siglos de anterioridad, la precursora de los eventos de Stonewall de 1969.

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¿Qué tiene de malo ser ‘el pasivo’ en una pareja de gais?

Algo  muy habitual -tanto en las charlas con amigos como en las redes sociales- es observar cómo entre los gais también se dan situaciones en las que nos discriminamos entre nosotros, consciente o inconscientemente.

Muchas veces he escuchado aquello de: “¡ah, qué lástima es un pasivo!” o “¡qué pasivo es este!”.

Estas expresiones, que suenan peyorativas, despectivas e incluso llenas de prejuicios, son muy frecuentes entre los propios hombres homosexuales. Y por supuesto, se usan para menospreciar.

Pero, ¿por qué resulta malo lo de ser “pasivo”?, ¿por qué es tan degradante serlo?Al hacerlo, en la práctica, se está dando por hecho que, en una relación entre dos personas, hay una “superioridad” por parte de aquel que es ‘activo’ frente al otro que es ‘pasivo’.

De esta forma, en realidad, lo que se hace es reproducir un estereotipo binario de género (que suele definir a una pareja formada por un hombre y una mujer) en el que debe quedar muy claro qué es lo masculino y qué es lo femenino. De esta forma, la figura del ‘gay pasivo’ se asociaría a lo delicado, frágil, menudo, voz afeminada, delgado, etc. Y la figura del ‘gay activo’ lo haría con el estándar de ser alto, sano, tener una voz fuerte, llevar barba espesa…. es decir, “ser un hombre de verdad”.

Pero, ¿por qué pasa esto? Vivimos en una sociedad donde el machismo y la misoginia son, no sólo comunes, sino vistas como conductas deseables: desde pequeños, e incluso en el interior de la familia, nos enseñan que los niños no lloran, que el rosa es de niñas y que mostrar cualquier rasgo de debilidad nos vuelve “femeninos” y por consiguiente, inferiores. Aunque seamos gays, nos crían con el chip de que debemos ser buenos machos y cuando crecemos arrastramos una bola de juicios y prejuicios difíciles de erradicar.

Hay un pensamiento que se repite muchas veces cuando vemos una pareja de dos hombres; imaginar que uno de ellos juega un papel “femenino” en todos los sentidos, incluso en la cama, pero sobretodo, en la penetración. Por supuesto que hay parejas que en realidad toman estos roles. Pero hay otras, en las que no hay preferencias rígidas y donde todo depende del gusto de cada uno en el momento. Por no hablar de las parejas donde no se produce ningún tipo de penetración. La sociedad de una manera u otra nos enseña que el sexo debe tener lugar entre alguien más masculino y alguien femenino, que alguien penetra y otro es penetrado, y no al revés. Escapar de esta dualidad no es nada fácil.

Sin embargo, la curiosidad acerca de lo que dos hombres hacen en la cama es bastante grande. Un “hombre de verdad” nunca puede ser dominado y/o penetrado por otro hombre. Este pensamiento sexista, tiene sus orígenes en la antigua Grecia, donde ser dominado era algo único, reservado a las mujeres, como seres inferiores y subordinadas a los hombres. La dominación sexual de un hombre, entonces, sigue siendo algo inconcebible. El problema surge , para mí, a día de hoy, cuando se asume esa idea y que cuando se está en la cama con otro chico, dé miedo ser pasivo porque “yo soy hombre. ¿Qué pensaran de mi los demás si se enteran?”.

El punto más importante de todo esto es que ser activo o pasivo no nos hace ni más ni menos gay. Estas influencias sociales, machistas y encerradas en la dualidad masculino/femenino a menudo nos confunden y terminan limitando nuestras relaciones. Tener prácticas sexuales que rompen con esta dinámica un primer paso contra la homofobia interiorizada generalizada.

Recordemos que, tal y como nos han educado, cuanto un hombre más se parezca a una mujer, menos valor tendrá. Entonces, un pasivo, está en los peldaños más bajos de la ‘cadena alimenticia’ gay. ‘Pasivo’ y otros adjetivos funcionan como los insultos preferidos por aquéllos que ven en lo femenino algo digno de burla. Aunque claro, muchas veces estos mismos términos se usan para bromear entre amigos y entonces son como balas de salva. Es entonces cuando se llega al espinoso asunto: ¿hasta dónde se puede bromear con estas palabras que pueden resultar altamente discriminatorias? A veces no es fácil distinguir la frontera entre el chiste y el insulto.

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La persecución de los homosexuales en la Alemania nazi

Hace 12 anos visité el campo de concentración de Majdanek, en Polonia y el Guetto de Varsovia. En aquellos tres días me sentí horrorizado al ver que la brutalidad humana no tenía ningún límite.

La homosexualidad de los gais era ilegal en la Alemania bajo el artículo 175 del Código Penal. Sin embargo, existía una tolerancia en Alemania hacia los homosexuales tras de la República de Weimar (después de la Primera Guerra Mundial). Los nazis, en cambio, quisieron eliminar de Alemania el “vicio” de la homosexualidad y de esta forma ayudar a ganar la lucha racial. De esta forma, una vez llegaron al poder en 1933, intensificaron la persecución hacia los hombres homosexuales alemanes. Los nazis creían que los homosexuales eran hombres débiles y afeminados que no podían luchar por la nación alemana. Veían a los homosexuales como gente que probablemente no produciría hijos y no contribuiría a aumentar la tasa de natalidad alemana: sostenían que la homosexualidad fuera un peligro para la raza.

El jefe de las SS Heinrich Himmler dirigió la persecución de los homosexuales en el Tercer Reich. Las lesbianas no se consideraban una amenaza a las políticas raciales de los nazis y en general, no fueron objeto de persecución.

El 6 de mayo de 1933, estudiantes dirigidos por las SS entraron en el Instituto para la Ciencia Sexual en Berlín y confiscaron la excepcional biblioteca. Cuatro días después, la mayoría de esta fue destrozada junto con miles de otras obras de literatura “degenerada” en la quemazón de libros en el centro de Berlín. Los materiales que quedaron nunca fueron recuperados. Majdanek, fundador del instituto, decidió no volver a Alemania.

El 28 de junio de 1935, el Ministerio de Justicia modificó el artículo 175 del Código Penal. Las revisiones proveyeron una base legal para extender la persecución de los homosexuales. Los oficiales del ministerio ampliaron la categoría de las “actividades indecentes criminales entre hombres” al incluir cualquier acto que podría ser interpretado como homosexual. Los tribunales luego decidieron que bastaba hasta la intención o el pensamiento.

El 26 de octubre de 1936, Himmler formó dentro de la Policía de Seguridad, la Oficina Central del Reich para Combatir el Aborto y la Homosexualidad. La policía tenía el poder de tener en custodia protectiva o arresto preventivo a los considerados peligrosos a la fibra moral de Alemania, y podía encarcelar indefinidamente, sin juicio, a quienes quisieran.

El 4 de abril de 1938, la Gestapo anunció una directiva indicando que los hombres condenados por homosexualidad podrían ser encarcelados en campos de concentración. Entre 1933 y 1945 la policía arrestó aproximadamente 100.000 hombres como homosexuales. La mayoría de los 50.000 condenados por los tribunales pasaron tiempo en prisiones regulares, y entre 5.000 y 15.000 fueron internados en campos de concentración.

Algunos homosexuales estaban internados equivocadamente bajo otras categorías, y los nazis los calificaban intencionadamente mal a algunos

prisioneros políticos como homosexuales. Los prisioneros identificados por un triangulo rosado que significaba la homosexualidad fueron tratados muy mal en los campos. Según muchos relatos de los supervivientes, los homosexuales eran uno de los grupos más abusados en los campos.

Algunos nazis creían que la homosexualidad era una enfermedad que podía ser curada y diseñaron políticas para “curar” a los homosexuales de su “enfermedad” a través de la humillación y el trabajo duro. Los guardias se burlaban de los prisioneros homosexuales y les pegaban al llegar al campo, muchas veces separándoos de otros prisioneros.

La supervivencia en los campos tomó muchas formas. Algunos prisioneros homosexuales obtuvieron trabajos administrativos y de oficina. Para otros prisioneros, el sexo fue una forma de sobrevivir. A cambio de favores sexuales, algunos Kapos protegían a un prisionero elegido, usualmente de edad joven, dándole comida extra y protegiéndolo de los abusos de otros prisioneros.

Una forma de supervivencia para algunos homosexuales era la castración, algo que algunos oficiales de la justicia criminal apoyaban como una manera de “curar” la perversión sexual. Los acusados homosexuales en casos criminales o en campos de concentración, podían consentir a la castración a cambio de sentencias menores. Más tarde los jueces y los oficiales de los campos de las SS fueron ordenando la castración de un prisionero homosexual sin su consentimiento. Los nazis interesados en encontrar una “cura” para la homosexualidad ampliaron este programa para incluir la experimentación sobre prisioneros homosexuales de los campos de concentración. Estos experimentos causaban enfermedad, mutilación, y hasta muerte, y no tuvo como resultado ningún conocimiento científico.

No existen estadísticas conocidas sobre el número de homosexuales que murió en los campos aunque se habla de mas de 75.000 personas homosexuales que murieron.

Lo que sucedió en aquel tiempo se ha repetido muchas veces que no debería ocurrir, sin embargo la historia muestra que la crueldad humana bajo el paraguas de los gobiernos, las religiones y las ideologías pueden no tener límite. ¿Quién nos asegura que como Humanidad ya hemos visto todo el horror del que es capaz el ser humano? Nadie.

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¿No te gustan los hombres femeninos o las mujeres masculinas? Lo tuyo se llama plumofobia

Este era un tema que hacía tiempo tenía ganas de tratar. Retomo una definición de plumofobia que escuché en un debate que moderé  en COGAM, en enero de 2013, sobre plumofobia. Por esta se entiende la aversión irracional hacia el amaneramiento femenino de gais o masculino de las lesbianas. A mucha gente no le importa que uno/a se acueste con otro u otra de su mismo sexo, siempre que quede en el ámbito privado y que no ponga en cuestión la heteronormatividad.

La homobifobia se dirige contra aquellas personas que se salen de la heterosexualidad y lo hacen públicamente, pero la plumofobia va contra aquellas que se salen de sus roles de género: contra las mujeres que no hacen lo que tienen que hacer las mujeres y, contra los hombres que no hacen lo que se supone que tienen que hacer los hombres. Si no te gusta el fútbol, si no eres rudo, si te da por el ballet clásico o por llorar, lo primero que te van a llamar es “maricón”. Contra las chicas que se salen de sus roles de género, el insulto tiene más que ver con su libertad sexual, ya que normalmente las llamarán “putas”, “guarras” o “zorras”, pero siempre se utiliza la lesbofobia para atajar las posibles alianzas entre mujeres en situaciones de discriminación.

La plumofobia no es más que otra forma de ‘homobifobia’, la que tenemos los homo/bisexuales contra nosotros mismos si nos saltamos de las normas de lo que se supone que es del otro sexo. Si un chico tiene formas suaves, se expresa con delicadeza y le gusta teñirse de rubio platino y dar grititos, se le llamará “loca” y en muchos casos recibirá el desprecio abierto del resto de maricas. Es decir, que se puede ser homosexual (follar con gente de tu mismo sexo) pero no ser maricón (hacer cosas que no son de tu sexo). Aquello de sí, pero que no se te note”. Y esto no sólo lo dicen los heteros rancios, sino también muchos gais. Es increíble cómo este tipo de homofobia en forma de plumofobia está extendida por el ambiente.

La homofobia es una de las lacras que dentro del patriarcado más cuesta erradicar. ‘Hembra, mujer y heterosexual’ o ‘macho, varón y heterosexual’, son dos polos que se quieren presentar como antagónicos y complementarios para garantizar la reproducción social de los géneros binarios. En el plano de la diversidad sexual e identidad sexual quien disienta de esta concepción binaria sufrirá transfobia, homofobia, lesbofobia o bifobia. 

Dentro de la comunidad gay esa plumofobia es interiorizada a veces como elemento adaptativo a un contexto hostil, no vaya ser que parezca demasiada transgresora mi forma de vivir la masculinidad. Lo mismo que muchos heteros interiorizan la imagen del cavernícola con pelo en pecho, en el caso de un gay pueden ocurrir dos cosas: o bien asumes la pluma como un estigma y tratas de evitarla o bien eres consciente de que serás tachado de afeminado y te conviertas en superviviente. De ahí surge la plumofobia que sería un tipo de discriminación compartida que sufren los disidentes con la feminidad y la masculinidad, algo que afecta tambien a muchas personas heterosexuales. Los hay que no viven una feminidad o masculinidad ideal y también se ven mermados de alguna manera. Mientras el acceso a lo femenino sea hostil para los varones existirá un estigma que afectará también a las personas heterosexuales que apuestan por una sexualidad igualitaria. Vito de esta manera será posible que la sociedad en general asuma como propia la lucha contra la plumofobia, es decir, contra los elementos patriarcales que limitan la plasticidad en las atribuciones de género.

Puesto que la plumofobia nos afecta como ideología de género que define cuerpos y  masculinidades y feminidades, debemos dejar claro que la plumofobia transciende el discurso identitario coartando y cohibiendo a toda la sociedad. Si luchamos contra la homobifobia pero no trabajamos la deconstrucción de los límites de las masculinidades y feminidades, no conseguiremos que la diversidad de género sea una realidad y por tanto la diversidad sexual una opción.

Y es que en verdad todas y todos tenemos pluma, porque vivimos las masculinidades y las feminidades de diversas maneras. Por eso luchemos contra la plumofobia y nos cargaremos la homobifobia.

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En las parejas del mismo sexo la violencia es doméstica (intragénero) y no de género

 

La violencia intragénero es aquella que se produce en el ámbito de parejas o ex-parejas del mismo sexo/género y puede ser -como todas las violencias- psicológica, física, sexual, económica, etc. Es una conducta puesta en marcha por uno/a de los/as integrantes para controlar y/o someter a la persona.

En este texto referiré a lesbianas, gais y bisexuales con las siglas LGB, no obstante, al hablar de LGBTfobia incluyo también a las personas transexuales, puesto que la transfobia juega un papel fundamental en la violencia contra el colectivo en su conjunto. En el caso de personas transexuales heterosexuales, la violencia que puedan sufrir queda recogida tanto en la violencia doméstica (en el caso de hombres trans) como en la violencia de género (en el caso de mujeres trans).

En las relaciones de pareja se tiende a asociar como amor conductas que, en muchos casos, son la semilla de la violencia. Y así los celos, la posesividad, la abnegación y los conflictos se ven como algo positivo y engrandecedor del amor. Este modelo de relación de pareja, de amor, responde a la necesidad histórica del sistema patriarcal de generar una jerarquía en las relaciones, situando al hombre por encima de la mujer. La primera oportunidad de ejercer violencia viene dada por el hecho de que una de las partes se sienta legitimada para ejercer violencia sobre la otra y, que considere que ese comportamiento violento es el medio de lograr el fin que se propone.

En el caso de la violencia de género el reparto de poder se hace de una forma determinante a través del sexismo. En la violencia intragénero este reparto atiende a otras variables como pueden ser el nivel de estudios, económico, la raza, la situación administrativa en el país de residencia, la salud, la edad, la visibilidad, etc.

La LGBTfobia contribuye a encerrar a las parejas del mismo sexo (en las que existen rasgos de violencia intragénero m) en sí mismas, aislándose del entorno, provocando aún más vulnerabilidad al entender que el enemigo de fuera -el que les rechaza por su orientación o identidad- es más peligroso que el que se tiene en casa, puesto que este último al menos nos comprende y comparte condición. Esto es especialmente grave cuando se vive en entornos rurales o cuando la relación y/o la orientación sexual no son públicas.

No hay que perder de vista que la violencia es responsabilidad únicamente de quien maltrata, que en su mano está ejercerla o desaprenderla.

La violencia intragénero no se articula en torno al sexismo ni a la desigualdad de poder entre mujeres y hombres. Por tanto, aunque algunas de las manifestaciones de violencia intragénero coincidan con las de violencia de género, no es menos cierto que existen especificidades que le son propias, además de un origen distinto.

No es mi intención debatir sobre los términos violencia de género, violencia intragénero, violencia doméstica, etc puesto que lo mas relevante es el significado que le atribuimos a cada término. Existen diferentes tipos de violencias, con diferentes causas y diferentes necesidades de respuesta y eso es un hecho incontestable. La violencia de género está reconocida y protegida gracias a las campañas y a la ley integral.

La violencia doméstica está recogida en el ordenamiento jurídico español, y estaría bien visibilizar los recursos jurídicos existentes e informar a las personas LGB de los mecanismos de defensa que tienen. La violencia de género y la violencia doméstica no son mutuamente excluyentes, y por tanto, deben ser atendidas de forma distinta. Una ley genérica sobre violencia doméstica dejaría fuera muchos casos de violencia de género y viceversa.

Para la violencia doméstica los recursos existentes son aquellos planteados en el Código Penal: penas de prisión, multas, órdenes de alejamiento. Los recursos públicos varían de una comunidad autónoma a otra. Podemos encontrar desde servicios de violencia de género. centros de atención a víctimas, servicios sociales con programas de atención a violencia doméstica, etc. hasta lugares donde no hay prácticamente nada.

Yo mismo soy víctima de violencia doméstica (intragenero) desde hace 4 años. Lo que me pasó fue una agresión brutal por parte de un compañero de piso también él gay. Esa agresión me llevo a un fuerte estado de estrés psico-físico al que luego se añadieron otros factores de debilidad: me echaron del piso que tenía alquilado, me hicieron acoso laboral (ya que se habían enterado de lo sucedido, debido a las muchas ausencias que hacia entre las visitas médicas y el juicio que tuve) y fui el único al que no se le renovó el contrato de trabajo. Para mi fue un año terrible, aunque tuve la suerte de acudir a los servicios sociales y obtener una orden de alejamiento. Muchos de mis amigos me aconsejaron volver a Italia para superar todo eso, pero yo al ser muy testarudo, decidí quedarme a Madrid para resolver todo de una manera definitiva. Con mi ejemplo quería ayudar a las personas que habían sufrido eso tipo de violencia.

Por supuesto todo eso no se supera con facilidad, pero se puede hacer. Y una muestra de ello es el texto que escribo, firmo y publico hoy.

 

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